domingo, 12 de septiembre de 2010

La ciudad filmada: Tecnologías, comunicación, consumo y seguridad en las urbanidades del nuevo siglo

Publicado en Questions, revista de la Facultad de Periodismo de la UNLP y en 
http://licencomunicacion.com.ar/ensayos/villa.htm

La ciudad como polis o la no-ciudad 

Hace varios años que 'las ciudades vuelven a plantearse como polis y espacio público -res publica- esto es, la ciudad como textura de vida pública, sociabilidad y urbanidad. La concepción del espacio y de la vida pública urbana (mucho más allá de la plaza, la calle o la villa) es vista hoy como lugar de conflictos por aquello que la sociedad produce y por las maneras de usarlo. En las ciudades se percibe la mutabilidad de un orden. Consideradas hoy por muchos como aglomeraciones de caos, violencia y contaminación; la crisis de la organización del espacio y del tiempo es pensada en términos de tecnología de la información, tráfico, flujo peatonal, relativizando la oposición entre ostentaciones de lujos y los estigmas de pobreza, que las ciudades revelan. Así como nos encontramos en una crisis generalizada de todos los medios de confinamiento (Deleuze, 1990:220), tal crisis probablemente haya surgido en la ciudad, la cual ha dejado de ser ese lugar clave en el que se hace más evidente lo público para dar lugar al estallido de lo que entendíamos por vida, ambiente y lugares compartidos. El fenómeno de la urbanización social es ya innegable: la vida rural se ha replegado profundamente en la vida urbana, generando una reconfiguración de las ciudades y de las maneras de habitarlas. Dicho proceso de urbanización debemos ubicarlo en el período histórico que Eric Hobsbawm (1995) denomina el siglo corto. Esta reurbanización del sentido tradicional de las ciudades ha convocado a un conjunto de nuevos sujetos sociales, que la mirada urbana tradicional ha configurado como 'los marginales', aquellos que viven en los márgenes de las formas de sociabilidad reconocidas hegemónicamente. Podemos hablar hoy de una invención de tal marginalidad a partir del conjunto de creencias, representaciones y prácticas que tienen por objeto a 'los diferentes' en el marco de las modernas teorías de la seguridad urbana (entre ellas, el modelo de seguridad como exclusión). No hay ciudad sin sus representaciones y estas traducen a un texto urbano, el conocimiento social cotidiano y compartido que se produce sobre sus habitantes, sus barrios, sus lugares y no-lugares (1)(Gorelik, 2004). Una ciudad es impensable sin su relato. Los nuevos sujetos sociales a los que aludimos párrafos atrás, en muchos casos de raíz poblacional rural, han ayudado a transformar la fisonomía de las ciudades, sus olores, sus colores, sus posibles recorridos, las maneras de hablarla. La ciudad así, sólo se diferencia de la ciudad (aunque esto es relativo en el mundo globalizado) ya no se opone a lo rural. Pero en el juego de nuevas oposiciones, la ciudad se opone a sus márgenes, ensancha y angosta sus límites conforme quien la sufra o la goce. Son los viejos campesinos, los 'crotos' en la popular acepción argentina, los villeros de hoy, devenidos en cartoneros, lava vidrios, vendedores de baratijas o simples deambuladores los que se han convertido, paulatinamente, en blancos de sospecha, vigilancia y temor por parte de la población citadina. Desde el momento en que en la Argentina los pobres han tomado las ciudades con sus piquetes, sus cortes de calles y sus interminables manifestaciones, las ciudades han dejado de ser el lugar de las clases medias consagradas por el desarrollismo. Pero nadie sabe a ciencia cierta dónde y cómo vive un piquetero, un cartonero, un arrebatador. Sin embargo, se lee su presencia en la ciudad como 'irrupción', que rompe con la estética urbana e infunde los mismos temores que las hordas en las ciudades-feudales-amuralladas.
Todas estas nuevas presencias urbanas contribuyen a la construcción de "lo sospechoso", de lo inquietante, al mismo tiempo que generan las formas de su exclusión y rechazo. De esta manera, la preocupación por visualizar lo diferente, individualizarlo para posteriormente desterritorializarlo, se ha convertido en una obsesión para muchas ciudades amparadas en el discurso de la violencia urbana, la inseguridad y defensa. Estos discursos generan una cierta conducta pública que se condice con estrategias y dispositivos que producen -y cierran- el círculo de la violencia en su doble inscripción: por el poder de su acción, que la hace visible y por su poder de acecho, que la invisibiliza. La conducta pública se transforma entonces en una conducta de "observar" y el conocimiento que se adquiere de lo público es más visual, desembocando en la paradoja moderna de visibilidad y aislamiento, una clase especial de espacio de apariencia. Muchas propuestas políticas tienden a reforzar estas ideas de visibilizar lo público. Pero de igual forma lo privado y lo público se entremezclan en el momento que entran en juego ciertos dispositivos de seguridad. Partiremos de considerar a la ciudad como fundamentalmente un espacio de comunicación. Desde sus orígenes, esta característica ha permanecido inalterada; lo que ha ido cambiando -a veces de manera drástica- es el alcance de lo que se entiende por comunicación, el carácter de lo que se comunica, quiénes comunican y entre quiénes se establecen sentidos comunicacionales. La concepción del espacio, la percepción del sentido de la ciudad, los modos imaginados para la construcción de hábitat, los rasgos y riesgos atribuidos a la cultura urbana podrían ser vistos como variables derivadas de este principio estructurante de la ciudad: la comunicación (Smucler y Terrero, 1992: 27.28). Con esto queremos decir que entender lo que pasa hoy en las ciudades implica comprender qué transformaciones están ocurriendo en la percepción de lo urbano; en nuestro caso, la percepción urbana de la seguridad, de la defensa y de la vigilancia. Proponemos dos ejemplos que ilustran estas transformaciones en la percepción de lo urbano en este orden de temas: el uso de cámaras callejeras como mecanismo de control para la seguridad urbana y los modos urbanos de comunicar y consumir a partir de la instalación de la "inseguridad".

La mirada 


Las ciudades nos miran, ya no son espacios de huidas por pasajes y calles. Las teorías de la "inseguridad" (2) terminaron por poner ojos a las ciudades, cientos de ojos que miran, que registran frente a un ojo mayor. Como parte de un programa integral de seguridad, en la provincia de Mendoza, Argentina, la policía local ha instalado cámaras de vídeo en puntos "estratégicos" de la ciudad con la finalidad de registrar cualquier acontecimiento "anormal". El sistema permitiría la llegada rápida de efectivos policiales al lugar del hecho permitiendo aumentar la cantidad de detenciones por crímenes callejeros. Se estima que las cámaras tendrían una importante capacidad disuasiva, en cuanto a sus usos preventivos (3). Las mencionadas cámaras registran y filman las 24 horas del día lo que ocurre en determinados puntos de la ciudad. En la oficina central policial, diferentes policías mirarán durante día y noche lo que registran dichas cámaras a fin de intervenir cuando lo consideren oportuno. El sistema ya se implementa en otras ciudades. ¿Cómo nos transforma la mirada? ¿Quién ve detrás de la cámara? La mirada vuelve delito recoger una moneda perdida en una esquina, vuelve obscena a una niña que se rasca la nariz. Un señor vuelve para mirar las caderas a una jovencita y su mirada se vuelve pecado. Nada es igual en una ciudad que 'nos cuida' a partir de sus ojos. Nada remite de esta cámara a aquel 'cine intelectual' al que refiere Eisenstein al analizar la obra de Vertov. Este definía al cine como captación de la sensación del mundo a través de la substitución del ojo humano por la cámara (4). La cámara a la que nos referimos, lejos de manifestarse artísticamente habla en un doble lenguaje: el lenguaje de la interpretación (por parte del que mira) y el lenguaje del control (de la institución policial). Ambos lenguajes se reducen a lo que Foucault llamaba 'las sociedades de control'; como nos dice Deleuze (1990: 219), Foucault situó las sociedades disciplinarias entre los siglos XVIII y XIX, alcanzando su apogeo en el siglo XX. Ellas proceden a la organización de dos grandes medios de confinamiento. El individuo no cesa de pasar de un espacio cerrado a otro cada uno con sus propias leyes: primero la familia, después la escuela, después el cuartel, después la fábrica, de vez en cuando el hospital, eventualmente la prisión, que es el medio de confinamiento por excelencia. Y ahora, la ciudad. Las cámaras callejeras transmiten durante todo el día los diferentes acontecimientos que ocurren en las calles haciendo una suerte de decodificación policíaca de la realidad. Desde una perspectiva pragmática, tales cámaras representan una fuerte apoyatura tecnológica para enfrentar el problema de la inseguridad urbana. Pero desde una perspectiva comunicacional y humana, la presencia constante de la cámara borra la frontera entre lo público y lo privado, cambiando el sentido a la libertad de circulación y de 'ser' en la ciudad. La cámara, que de mil maneras ha irrumpido históricamente en la vida cotidiana hace su entrada a la vida urbana, en el espacio de la ciudad. Las cámaras van imponiéndose de maneras singulares en la cotidianeidad de la vida urbana. Taxis, supermercados, librerías, ahora las propias veredas contribuyen a identificar 'caras y caretas' que circulan por las ciudades. Desde hace algunos años, el fenómeno de la globalización nos hizo involuntarios partícipes de la vida privada de muchos extraños que se sometieron a la voluntad de las cámaras que los filmaban a cada paso. El fenómeno de los reallity show copó la TV y nos hizo a todos indirectos protagonistas de este gran hermano posmoderno. Las cámaras nos permiten, tras el humo y la muerte, días después, identificar los "fedayín" en el subte de Londres o en Atocha, Madrid. Cualquier comercio o local abierto al público exhibe una filmadora que se transformó en una herramienta fundamental para quienes intentan frenar potenciales delitos, contemplando que en caso de ocurrir, sus autores quedarían registrados. Este registro minucioso se constituye en un artificio paranoico para minimizar la paranoia de sus usuarios.
Los planificadores urbanos se muestran entusiasmados por este sistema. La comunidad de Barcelona, España (5), por ejemplo, exhibe datos alentadores sobre la baja en dos puntos en las estadísticas de delincuencia gracias a la presencia disuasoria de las cámaras. Y a pesar de las voces opositoras que se preguntan por lo que ocurre con aquello que se filma, muy pocos parecen advertir acerca de los procesos de estigmatización que se producen ante los ojos de la sospecha. La pregunta es ¿cómo prevenirnos de la sospecha colectiva que nos vuelve a todos vulnerables ante las narrativas del miedo? ¿Cómo sobrevivir a las percepciones diferenciadas de la ciudad frente a aquello que se ha 'fijado' como sospechoso? (6) Muchas ciudades argentinas -como La Plata, por ejemplo- están invadidas por un ejército de cámaras de video instaladas en edificios, avenidas, autopistas, trenes, casas y soportes móviles que las pasean por la ciudad. Son más de 50 mil y filman las 24 horas sin parar. Muchas están conectadas a la Policía. Otras, a sensores bajo el suelo (7). Los edificios, las ciudades, están más inteligentes desde que el mundo cambió en aquel 11 de septiembre. El terrorismo internacional y el negocio de la seguridad urbana abrieron la puerta al control permanente del tránsito planetario de personas. Cuando el enemigo es interno, dicen, ya no basta con encerrar: se deben examinar conductas urbanas para determinar el peligro. Un pequeño detalle que los delincuentes improvisados suelen pasar por alto, sobre todo si las cámaras están escondidas. Un fabuloso mecanismo de control sin reparo civil. "Ante la manifiesta inseguridad, desde el sistema carcelario y el hospitalario hasta las bibliotecas públicas encierran concepciones cada vez más avanzadas de control. Una visualización total del espacio se impone en el diseño cuando se pone por delante la máxima seguridad", dice Eduardo Maestripieri, profesor de Teoría de arquitectura de la Facultad de Arquitectura de la UBA y profesor de cine. En los últimos años, pareciera que todo el país se subió a la fiebre colectiva de instalar cámaras: empresas privadas, organismos oficiales, edificios comerciales, personas comunes y clientes corrientes quieren controlarlo todo. ¿Cuántas cámaras miran la ciudad? Si bien un cálculo exacto parece imposible, una investigación detectó unas 300 cámaras públicas -más o menos interconectadas que filman micro y macrocentro, grandes avenidas y estaciones de transporte. Mientras que en el mundo privado la dimensión del fenómeno es mayor: una sola casa del rubro vende 50 kits por mes desde hace por lo menos dos años. Diez grandes casas vendieron unos 12 mil kits que traen 4 cámaras cada uno: 48 mil aparatos en la ciudad. ¿Quién las maneja? ¿Con qué fines? ¿Hacia dónde apuntan cuando nadie las controla? ¿Dónde están instalados los aparatos que filman día y noche, sin parar, sin pedir permiso, sin tomar descanso? Como si la ciudad fuera una eterna película que no tiene fin ni principio. Y analiza los cambios que ocurren en una ciudad que no termina de acostumbrarse a su ingreso tardío en una modernidad fragmentada. La cámara no sólo protege del delito, sino, como expresa la empresa de ferrocarriles Metropolitanos en Argentina "Desde que instalamos las cámaras fue notoria la disminución de litigios y reclamos. Pudimos corroborar distintos accidentes en pasos a nivel provocados por imprudencias ajenas al servicio, tales como suicidios (8), que sólo son confirmados y reconocidos legalmente por grabaciones. También, si un Juzgado necesita información de las filmaciones por temas fuera de TBA, se las facilitamos", indicó Sergio Tempone, jefe del Departamento de Seguridad Operativa y Siniestros de TBA (9). La cámara vuelve objeto al ojo que por ella mira. La presencia de las cámaras revela, de esta manera, la condición de una ciudad que mira la otredad a partir de otro ojo que, siendo un dispositivo tecnológico, no encierra en sí mismo, la promesa de neutralidad. La cámara nos devuelve dos caras de la ciudad: la ciudad "buena", aquella físicamente hermosa, bien cuidada, en la que habita la gente "bien". Y la ciudad "mala" que hace alusión a los sectores populares, las zonas de los mercados y por supuesto a las diferentes zonas de bares, discotecas y cafés. Sin embargo, el desordenado crecimiento urbano, la falta de un plan regulador de uso del suelo y especialmente la crisis económica, ha mezclado las ecologías de la ciudad, por lo que resulta difícil mantener un mapa estable de espacio urbano (Reguillo, 1998).

Modos urbanos de comunicar y consumir


Las ciudades son territorios sin fronteras, en el que se vive una experiencia profunda de identidad local y una relación directa con el mundo, donde lo privado y lo público se interpenetran, donde lo universal ancla con lo local. Y son sobre todo, espacios donde las personas se encuentran, se comunican y realizan en lo humano. La ciudad es un espacio de sociabilidad, de construcción de sujetos, por ello podemos mirar la ciudad desde la comunicación: considerando la relación entre la cultura objetivada y la cultura incorporada o interiorizada. Por ende, la ciudad no se reduce a su dimensión espacial o campal -objetiva- pero tampoco es sólo un conjunto de representaciones incorporadas por los sujetos. Es una compleja combinación entre ambas dimensiones. A las ciudades de las 'vías de comunicación', propias hasta la segunda posguerra mundial, se le superponen hoy las ciudades de los medios de comunicación. La comunicación mediática construye un nuevo espacio imaginario de la ciudad actual. El cambio técnico en los medios y procesos de comunicación social rediseña los escenarios urbanos, los espacios públicos y privados y las prácticas sociales de comunicación. Tal como lo menciona Renato Ortiz (2002:50), el impacto de las tecnologías afecta incluso las ciudades. Al informatizarse los servicios y los hogares, la trama urbana adquiere un nuevo significado; es atravesada por mensajes que desterritorializan a las personas, las viviendas y los edificios. Ahora ¿cómo estas tecnologías han modificado nuestro modo de vivir/percibir las ciudades? La pregunta no es retórica, la difusión y generalización de estas tecnologías, en particular la TV, han replegado el ejercicio de lo público al espacio de los hogares. La participación política, la interactividad se concretan más fácilmente en la computadora o la TV que en las calles. Porque las calles, como expresión de la urbanidad, son percibidas ahora como lugares de amenaza, de inseguridad y de mayor control punitivo. Los espacios urbanos consagrados a lo público, como las plazas, van sufriendo diferentes reapropiaciones por parte de los ciudadanos y van apareciendo nuevos espacios de intercambio, como por ejemplo los ciber-café, mediados por la tecnología. Tal como considera Reguillo (1998) la erosión de la vida pública y el declive de los metadiscursos totales y omnicomprensivos, el deterioro objetivo de la calidad de vida y el incremento de una violencia que desborda los márgenes de lo imaginable, genera diferentes respuestas. Pero es indudable que el desencanto generalizado fomenta un repliegue hacia lo privado y lo comunitario. El cuerpo, la casa, la comunidad de sentido, el grupo de referencia, salvo contadas excepciones, se convierten en el espacio-tiempo que hay que preservar contra las violencias y los terrores apocalípticos que acechan más allá del intramuro. Cuando hay evidencias de que todo escape es inútil y toda defensa insuficiente, los actores tienden a elaborar esquemas de respuesta para enfrentar la incertidumbre. Otros cambios perceptibles y que forman parte de un mismo orden de repliegues, lo constituyen los 'grupos de autodefensa civiles', los llamados 'vecinos vigilantes' o 'vecinos alerta' que operan en barrios y urbanizaciones de manera legal, en diferentes ciudades y constituyen redes de interacción vecinal cuyo tejido carece de memoria y soporte de instituciones previas (Reguillo, s/f). Estos cambios (consumos urbanos tecnológicos y nuevas estrategias frente a la inseguridad) van homogeneizando las ciudades en un mismo territorio. Y si lo que hace diferente una ciudad de otra es su capacidad arquitectónica, sus símbolos, los 'fantasmas urbanos' que sobre ella construyen sus propios vecinos tienden a estandarizarse rápidamente. Ya no vivimos en ciudades monoteístas, cada individuo, cada generación la vive y la percibe conforme a múltiples determinantes identitarios que suelen converger en sendos lugares comunes.
Las ciudades del siglo XXI viven una metamorfosis de lo público, que se traduce en su carácter no espacial, desplazándose hacia la privatización de su consumo como consecuencia de la retribución cada vez más atractiva que ofrecen los medios de comunicación (TV-cable, TV-satelital, y vídeo) las telecomunicaciones (extensión telemática-redes) y las tecnologías informáticas. Tecnología y consumo forman parte de las maneras de percibir las relaciones humanas en la ciudad, mediadas más por artefactos que por relaciones directas. Demasiado de nuestra vida pública no está cimentado en espacios físicos porque la realidad urbana nos produce miedo, porque nuestras experiencias cotidianas son cada vez más virtuales y fragmentarias; tanto es así, que el ojo de la cámara callejera nos devuelve la imagen de una policía que nos cuida, mientras nos aleja del espanto que nos causa.

Algunos datos sobre consumos tecnológicos urbanos 


Ciertos objetos tecnológicos, como los que detallamos anteriormente, se han convertido en objetos de culto, al tiempo que objetos de consumo y su difusión y apropiación indiscriminada han transformado las formas de comunicación en las ciudades pasando de la territorialidad a la virtualidad. Ha cambiado nuestra forma de percibir las calles, los olores, los mitos cromáticos, los avisos, los graffitis, los sabores de la urbe en tanto escenarios de argumentación comunicativa. La ciudad que rescata, por ejemplo Vertov (10) en su película, es una sociedad que vive, que se comunica, que las calles replantean relaciones cara a cara donde se recrea y de dirime la dinámica social. Las ciudades de hoy construyen una manera diferente de la urbanidad, mediada por la tecnología en términos de ordenamiento, de control, de eficiencia. Es el aura (11) de las ciudades (su historia y la historia de los que la viven y vivieron) lo que se va abstrayendo en el espacio virtual de la comunicación en las ciudades habitadas por los mitos del miedo. Los medios de comunicación reproducen la imagen de cientos de ciudades (hasta de la que uno habita) sin embargo, esa imagen no es auténtica. Como expresa Benjamin la autenticidad de una cosa es la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella, desde su duración material hasta su testificación histórica (12). La percepción sensorial es modificada por la técnica, y la técnica, al menos con relación a los medios de comunicación como consumo masivo, va penetrando cada vez más en los hogares, replegando a los individuos a una 'ciudadanía privada' que se ejerce desde la casa, desde los receptores y desde los medios que configuran la mirada sobre la realidad. Hay algunos fenómenos a considerar en relación con estos cambios de mirada.

a) La centralidad de los medios electrónicos (especialmente la televisión y la radio) en el consumo cultural de las poblaciones urbanas: veamos algunos datos (13). Para 1989 en Latinoamérica y el Caribe existían 516 estaciones de TV, de las cuales Venezuela (para tomar un país como testigo) tenía 11 de tales estaciones. El número de televisores en América Latina se estimaba en 71 millones de unidades lo cual permite calcular que unos 350 millones de ciudadanos de América Latina estaba en condiciones de acceder a su uso.

b) La modalidad visual de la TV se reproduce en las mencionadas cámaras públicas: se estima qué más de 300 filmarían el centro de una ciudad como La Plata. En comercios y otros espacios se han colocado 50 kits de cámaras cerradas por mes en dos años. Diez grandes casas vendieron unos 12 mil kits que traen 4 cámaras cada uno: 48 mil aparatos en la ciudad.

c) La escasa significación de los niveles de asistencia a los eventos de alta cultura y cultura local popular (en oposición a una fuerte presencia de la cultura de masas) lo que modifica la percepción sobre los universos simbólicos culturales.

d) La centralidad de la TV y el cine provenientes directa o indirectamente de la cultura norteamericana, lo que genera un 'discurso único' sobre la realidad. 


Las industrias culturales y las nuevas tecnologías comunicacionales e informáticas productoras de bienes de capital y aquellas en relación directa con actividades comerciales, se han transformado en los principales agentes de mensajes, bienes y servicios del desarrollo cultural urbano, pero con una característica esencial que conecta con dos conceptos clave: la fragmentación y el desplazamiento del intercambio por el flujo (red) de información, que ordenan las nuevas formas de sociabilidad, es decir, los diversos modos de comunicar y habilitar que hacen posibles o imposibles la valoración de la memoria, de los lugares propios que en general constituían las ciudades Es por ello que podemos conjeturar que las percepciones acerca de la ciudad contemporánea se alimentan en gran medida del imaginario urbano construido, representado y narrado por los medios de difusión masiva como texto de las industrias culturales mencionadas. Así entonces, la ciudad y sus representaciones mediáticas se producen mutuamente. Como constructores de la realidad, o difusores de representaciones sociales acerca del mundo, los medios configuran un determinado "fantasma urbano". Como dice Gómez Mompart (1998, p.3), "la construcción imaginaria de la ciudad, producida por las industrias de la cultura y de la comunicación, entabla individual y colectivamente un diálogo con el ciudadano, quien contrasta su visión con la versión mediática, retroalimentándose mutuamente". ¿Hasta qué punto podemos hablar de experiencias y percepciones subjetivas acerca de la ciudad sin tomar en cuenta la imagen que de ella transmiten los medios? Y a la inversa, ¿pueden los medios construir versiones sobre la experiencia urbana sin antes aprehender cómo es que está siendo vivida la ciudad por parte de los sujetos que la habitan?

Conclusiones 


En este breve ensayo hemos intentado ver cómo los discursos sobre la seguridad urbana, en tanto bien público, y ciertos consumos tecnológicos relacionados con ellos -particularmente las cámaras callejeras y los mass media- han cambiado nuestra percepción sobre las ciudades como espacios urbanos comunicaciones. Estos cambios de percepción nos han llevado a vivir de manera diferente en las ciudades, pero también ellas han cambiado en su disposición histórica, identitaria y en su fisonomía. Las ciudades de las vías de comunicación dan paso hoy a las ciudades de comunicación mediatizada, donde la percepción más común es la del desorden, el caos y la cara misma de la miseria. Los medios de comunicación, las cámaras de TV nos devuelven múltiples miradas de las ciudades en las que vivimos, desde su esplendor turístico hasta su marginalidad insolente disfrazada de amenaza. Esa amenaza es las que promete ser captada (encerrada) por el ojo de esas otra cámaras, las callejeras, las que dispone la policía o la seguridad privada para detectar todo aquello que a nuestra levedad se le vuelve insoportable. Estas cámaras actúan como un inconsciente óptico, que nos debelan una realidad que no miramos si no es a través de esa suerte de 'ortopedia' que resultan las cámaras. Los espacios comunicacionales que alguna vez representaron las plazas públicas, calles, ferias, puentes, donde circula y se discute la vida cotidiana han sido reemplazados por una nueva configuración espacial urbana signada por la idea de 'circulación'. Las ciudades están hechas para circular, para que el flujo de gente que pasa por ellas sin más. En tanto, emergen otras formas de apropiación de la espacialidad urbana caracterizada por la segregación y la fragmentación social. Estos nuevos fenómenos urbanos son aquellos que la tecnología representada por la cámara televisiva tiende a mostrar, erosionando su principio de realidad. Las cámaras nos muestran los barrios florecientes, la pobreza creciente, las formas abarrotadas de las favelas o las villas y la serenidad de los espacios verdes. Pero los olores propios de las ciudades, la captación del ruido y los murmullos urbanos -que constituyen la memoria colectiva sobre las mismas- se va perdiendo. Como dice Gigrant 'hoy pensamos en postales'. Las imágenes que acompañan las palabras en el pensamiento son cada vez más fotográficas. Estos nuevos artefactos de la visión producen una 'visión sin mirar' de las ciudades, de la misma manera que se produce una ciudadanía sin ciudadanos en esta nueva manera de percibir lo urbano, no ya como acontecimiento comunicacional, sino como 'acontecimiento comunicacional mediado' que modifica nuestra manera de percibir y vivir en las ciudades. Estos nuevos artefactos condicionan -y desparraman- nuestras concepciones sobre el temor, reificando su condición y desvinculándolo de procesos sociales, políticos, económicos y culturales así como de momentos históricos específicos. Hoy, como dice Giddens, vivimos en una época marcada por la "inseguridad ontológica", que afecta la construcción de su identidad y la integración de esta con la sociedad debido a la imposibilidad de poder confiar en la fiabilidad de personas y cosas. Su pérdida, entonces, se vincula con el surgimiento de las no-ciudades, como dijimos en algún lugar. La sensación de inseguridad se ha convertido en uno de los principales problemas que afronta la ciudadanía y presenta una serie de complejidades a la hora de ser analizada y enfrentada. Si bien esta sensación se relaciona especialmente con la delincuencia, lo que inmediatamente se traduce en temor a convertirse en víctima de un delito, también es cierto que ella es una expresión más de la vulnerabilidad y el riesgo que inunda nuestra sociedad. Así, vemos que el temor no necesariamente se relaciona con la probabilidad de ser víctima efectiva de algún delito. La desconfianza en las instituciones de justicia criminal, el rol de los medios de comunicación o la presencia de una inseguridad social generalizada son motivos que influyen en la presencia del temor al delito.
Pero el temor, sigue relacionándose fuertemente con la ciudad y afecta la forma como utilizamos la ciudad. En términos de Martín-Barbero "los miedos son clave de los nuevos modos de habitar y de comunicar, son expresión de una angustia más honda, de una angustia cultural que proviene, en primer lugar, de la pérdida de arraigo colectivo de las ciudades". En esta cita se resalta el proceso de retroalimentación entre temor y ciudad, ya que ambos se definen y reconfiguran cotidianamente. Por esto, la calidad de las ciudades en que vivimos se convierte en un elemento central para interpretar el temor, entendido como una experiencia compartida y experimentada socialmente. Pero el temor que lleva a la obsesión por el control de la cámara o del repliegue al mundo privado no remite sólo al delito, sino al desamparo mayor que se arraiga en diversos problemas sociales vinculados a la precariedad de la vida actual: por ejemplo, el temor frente a la cesantía, la falta de protección social, el futuro de los hijos, entre otros, marcan la vida en una "sociedad de riesgo" (Beck, 1984) donde nada parece seguro. Sólo que el temor al delito es aquel que permite una identificación clara del "otro" que genera inseguridad y que además puede ser identificado. Es así como el temor al delito se convierte en una forma de expresión simbólica del riesgo permanente que se vive cotidianamente y en múltiples órdenes, en la ciudad de la furia.

Notas

(1) En este sentido, es posible que estemos construyendo ciudad sin ciudadanos. Si bien la afirmación parece retórica, el análisis de estos procesos, así como de sus consecuencias el discurso y el accionar de los habitantes urbanos, establece este peligro como cierto. En este proceso aparece lo que se puede denominar la no-ciudad, como elemento caracterizador del fenómeno de construcción urbana actual.
(2) O también conocidas como 'teorías de la tolerancia cero'. Para un mejor análisis de este tipo de políticas, sugerimos la lectura del excelente libro de L. Wacquant, Las cárceles de la miseria. Manantial, Buenos Aires, 2000.
(3) Fuente: Diario Clarín del 21 de octubre de 2004.
(4) Versión del texto de Annette Michelson, "O Homem da Câmera - De mágico a epistemólogo", in Cine Olho, no. 8/9, São Paulo, s/d.
(5) Fuente: El país Cataluña del 12/2/2003.
(6) Ver en R. Reguillo (2003) el concepto de identificación, diferenciación respecto de las percepciones y usos de la ciudad. R. Reguillo "Las derivas del miedo. Intersticios y miedos en la ciudad contemporánea"
(7) Fuente: Diario Página 12.
(8) El subrayado nos corresponde.
(9) Fuente: www.tba.com.ar/prensa/
(10) Annette Michelson, op. cit.
(11) En el sentido que Benjamin da al término, en tanto "manifestación irrepetible de una lejanía". En W. Benjamin Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Buenos Aires, Taurus, s/f.
(12) W. Benjamín, op. cit. Pág. 22.
(13) Se han utilizado como fuente diferentes informaciones recogidas en Internet.


Educación Superior y profesionalización de las Tecnicaturas. Nuevos desafíos para la gestión institucional y territorial.

Alicia Villa (UNLP), Agustín Cardini (DES Formosa)
ALAS 2009-

         A partir de la década del noventa y hasta el presente, el escenario de la Educación Superior (ES) ha sido protagonista de profundos debates respecto de sus políticas, de la calidad de la formación, del financiamiento, de la rendición de cuentas y su lugar en la sociedad del conocimiento. Pero de alguna manera, estos debates fueron dejando de lado los interrogantes acerca de la pertinencia de la formación profesional, de la inserción laboral de los graduados, de las relaciones entre educación superior y sus comunidades, entre otros temas.
El desarrollo del sistema de ES (y de sus subsistemas, universitario e Institutos de Educación Superior -IES[1]) puede considerarse actualmente, para el caso argentino, como fragmentado, débilmente articulado, con una fuerte concentración en las zonas urbanas y de mayor desarrollo económico. No obstante este anárquico crecimiento, la demanda por estudios superiores de parte de la población sigue aumentando. El número de estudiantes por cada 10.000 habitantes pasa de 7 en 1914, a 32.4 en 1950, 106.7 en 1970 y 149 en 1980 (Mollis, 2007) Si tomamos en cuenta la tasa de crecimiento de la educación superior, la tendencia sigue siendo de fuerte demanda. Entre los años 2001 y 2005, el subsistema universitario obtuvo un crecimiento en su matrícula de 1.338.981 alumnos a 1.539.742. En los IES se observa la misma tendencia, con una matrícula de 440.164 alumnos en el 2001 creciendo a una de 509.134 hacia el 2005. (Marquis, 2006) El aumento de la demanda, por tanto, requeriría de un mayor ajuste de la oferta de las instituciones, una mayor articulación al interior del sistema y una preocupación por parte de las instituciones por observar las formas de inserción laboral de sus graduados a partir de una mejor comprensión y abordaje de los campos ocupacionales.
     La configuración de los sistemas en diferentes países da cuenta entonces de la heterogeneidad de la formación, observándose una diferenciación horizontal y vertical entre sus instituciones y ofertas (García Guadilla, 1996, Clark, 1996). En Argentina, dicho sistema se considera específicamente binario (Dono Rubio, 2001 apud Mollis, 2007) con una importante concentración de carreras profesionales en el sector universitario y de formación docente en los IES. Como expresión de polos opuestos, tales Institutos han venido desarrollando en los últimos años un conjunto de carreras con el objetivo de diversificar su oferta. Específicamente, las carreras técnicas (en general denominada “carreras cortas”) vienen a ocupar un espacio particular en el desarrollo del subsistema, ya sea aquellas que remiten a sectores tales como salud, economía, turismo, cultura[2], como las que provienen de áreas mas duras de la formación técnico profesional[3] (mecánica, metalurgia, construcciones, sector agropecuario)
     El recorte que abordaremos en nuestro trabajo, toma como eje las Tecnicaturas Socio humanísticas que se desarrollan en los IES con el objetivo de, no solo describirlas en torno a su propuesta formativa, sino sobre todo considerando el lugar que ocupan los IES en la profesionalización de ciertos campos profesionales a partir del desarrollo de nuevas practicas estructurantes: en la formación inicial, en el desarrollo de prácticas profesionalizantes, en acompañamiento en la inserción socioprofesional de los egresados y en la implementación de nuevas modalidades de gestión, centradas en la apertura hacia el territorio, hacia las comunidades donde se insertan los Institutos.
A partir de preguntarnos ¿cómo configurar el campo ocupacional de las tecnicaturas socio humanísticas? Intentaremos abordar las formas en que los IES aportan al desarrollo profesional de los futuros técnicos al mismo tiempo que se arraigan en los contextos locales y regionales donde están emplazados sus proyectos formativos[4]. De esta manera proponemos pensar el desarrollo profesional de estas tecnicaturas en el campo mayor de las profesiones humanas y sociales al mismo tiempo que tender puentes entre proyecto formativo y la instalación de estas carreras en el campo laboral/local. La hipótesis que desarrollaremos expresa que los IES (particularmente los que ofrecen carreras  socio humanísticas) tienen, por su estructura y origen, múltiples posibilidades de sostener un proyecto de formación que se relacione fuertemente con sus comunidades, que oriente a los estudiantes hacia una relación dinámica con el campo laboral, que tienda redes con otros actores de la sociedad civil: esto es, trabajar colectivamente en pos del desarrollo local.
     Al mismo tiempo, sostendremos que estas carreras tienden a la configuración de un nuevo ethos profesional que puede reestructurar los campos profesionales de referencia, a partir de la inclusión de nuevos sujetos y nuevas modalidades de formación que aportan otras prácticas socioprofesionales.
     Y finalmente, reflexionaremos acerca del lugar social de la ES. Como expresamos anteriormente, si bien es cierto que la demanda por misma ha ido aumentando con los años, la sola demanda no impide que la ES pueda repensarse en el conjunto de las políticas de inclusión social destinadas a jóvenes y adultos, no solo en sus trayectorias formativas, sino también en sus destinos laborales.
1) Las tecnicaturas sociohumanísticas en el escenario de las IES
     Quizá a la espera de la próxima ley de educación superior, que derogue a la actual (25.521), la Ley Nacional de Educación es escueta en las definiciones y orientaciones para la educación superior. Puede rescatarse, como ya hemos dicho, que deja de llamar “educación superior no universitaria” al nivel superior ofrecido por los Institutos de Educación Superior.
     La Ley de Educación Superior Nº 25521 establece que el gobierno y la organización de la educación terciaria estarán a cargo de cada uno de los gobiernos provinciales y de la Ciudad de Buenos Aires. Y en el Artículo 17 establece que los institutos superiores brindarán formación en cuatro áreas: técnica-profesional, artística, social y humanística.
     Sin dudas, las áreas artísticas y técnico-profesionales son las más delimitadas, tanto por los objetivos de sus proyectos formativos, como por las incumbencias profesionales de sus titulaciones. En cambio, el campo de las carreras terciarias con orientaciones sociales y humanísticas cuenta con un incipiente desarrollo en nuestro país.
     Veamos por qué: la primera normativa específica para regular y orientar a este tipo de carreras ha sido el Acuerdo Marco A-23[5], aprobado en 2005 por el Consejo Federal de Cultura y Educación. Es un acuerdo “marco” dónde se establecen algunas intencionalidades formativas y se delimitan cuatro campos de formación[6]. Luego, desde el Ministerio de Educación de la Nación, se han elaborado algunos documentos base para legitimar los contenidos básicos para algunas carreras: Administración Pública Orientada al Desarrollo Local, Economía Social y Desarrollo Local, Gestión Sociocultural, Pedagogía Social, Comunicación Social orientada al Desarrollo Local, y Seguridad Pública[7]. La intensionalidad en la elección de estas formaciones estuvo determinada por la resignificación del rol del Estado (“más y mejor Estado”), apoyar a la economía social y al desarrollo socio cultural en fuerte enlace con las políticas públicas y con desarrollo de los territorios en que se implementan. Sin duda, esta apuesta ha requerido de una mayor presencia y acompañamiento del gobierno educativo nacional y provincial, quizá en contraste con el fuerte aislamiento que ha caracterizado a estas instituciones. Y por supuesto, la necesidad de ofrecer a jóvenes y adultos proyectos formativos con contenidos y competencias homologados a escala nacional.
     Una de las iniciativas más interesantes llevadas adelantes en este proceso tiene que ver con la tensión que desarrollamos en este texto: el “dentro-fuera”. El proceso de construcción de los Documentos Base incorporó a referentes de los campos laborales, académicos y formativos, en un largo camino de discusión, debate, acuerdos y desacuerdos. Esta incorporación de distintos ámbitos en la elaboración y desarrollo de los contenidos es una de las problemáticas que señalamos como acuciantes para el nivel superior. Esta iniciativa ha promovido que hasta el momento se hayan abierto estas carreras en 65 institutos en todo el país como parte del primer intento por organizar este campo, poblado de una gran diversidad de cargas horarias, titulaciones y contenidos. A modo de síntesis, la distribución de las carreras queda reflejada en el presente cuadro:
Cuadro 1. Distribución de Carreras por IES y Provincia
Carreras
Cantidad de IES que las dictan
Provincias
Administración Pública Orientada al Desarrollo Local
16
Buenos Aires, Río Negro, Catamarca, Chaco, Chubut, Córdoba, Corrientes, La Rioja, Mendoza, Salta, Tucumán, Tierra del Fuego
Economía Social y Desarrollo Local
20
Chaco, Mendoza, Misiones, Neuquén, Sgo. del Estero, Tucumán, Formosa, Entre Ríos, Buenos Aires
Gestión Sociocultural
7
Mendoza, Santiago del Estero, Entre Ríos, Formosa, Buenos Aires.
Pedagogía Social
6
Córdoba, Santiago del Estero, Ciudad de Bs. As. Santa Cruz
Comunicación Social orientada al Desarrollo Local
3
Catamarca, Formosa, Buenos Aires

Elaboración Propia                                                 Fuente: INFOD (2008) Área de Tecnicaturas socio humanísticas
     El avance normativo ha sido acompañado con capacitaciones y con espacios de concertación intersectoriales para trabajar en la delimitación de los campos ocupacionales de estas carreras. Uno de los grandes desafíos ha sido, y es, cómo formar para campos ocupacionales “en construcción”. Podríamos, quizá, claramente imaginar en qué trabajaría un gestor sociocultural desde la perspectiva formativa. Pero desde el campo socio ocupacional no está del todo visualizado el alcance del título ni las incumbencias de sus competencias.
2) Formación en las IES y profesiones
     Las profesiones son construcciones sociales frutos de la división social de trabajo, surgidas por necesidades sociales, por especialización del conocimiento y por campos de intervención (Tenti y Gómez, 1990) Por ello, continuamente surgen nuevos campos de acción que buscan su legitimidad en el espacio social, acompañando necesidades sociales y demandas de intervención originales y específicas que generan novedosas prácticas, muchas veces emergentes, que vienen a reemplazar prácticas residuales y competir en el campo más amplio de las profesiones, con prácticas hegemónicas (Williams, 1977)[8]
     Si bien las tecnicaturas responden a campos profesionales hegemonizados por saberes disciplinares consolidados, ubicamos sus prácticas en el plano emergente ya que se trata carreras de baja institucionalidad (nuevas, poco conocidas, aún en proceso de legitimación) donde su campo de acción es relativamente laxo (no esta clara la correspondencia entre graduación y campo de inserción laboral) y finalmente presentan un débil acoplamiento de saberes y prácticas, justamente por la laxitud de su campo de intervención. Sus prácticas profesionales (incluso su campo de acción) están aún en estado de invención. Michele de Certeau, en La invención de lo cotidiano (1996) despliega dos conceptos clave para pensar como se constituye una práctica profesional: las maneras de hacer y la formalidad de las prácticas[9]. Con ellas el autor refiere a las tácticas, los ardides que las personas movilizan para enfrentar lo cotidiano al mismo tiempo que pone en cuestión la estabilidad de estas estrategias, asignándoles a los actores márgenes de creatividad y propiedad de sus actos. Siguiendo al autor, las prácticas profesionales que devengan de la formación impartida en las Tecnicaturas, al hallarse poco formalizadas, pueden tener la capacidad de engendrar un repertorio innovador, original, que ponga en tensión tanto practicas tipificadas cuanto las relaciones entre saber y hacer ya instituidas.
     En el marco de este trabajo, las profesiones las definiremos como un campo (en el sentido de Bourdieu, 1973)[10] Hay dos condiciones que definen todo campo: las relaciones de poder al interior del mismo y la presencia de un capital en disputa. En el campo profesional (de cualquier profesión) el capital en disputa son los puestos disponibles y las relaciones de poder van a estar expresadas por las jerarquías en las posiciones (médicos sobre enfermeros, por ejemplo) Al mismo tiempo, todo campo demarca sus límites, quien queda adentro y quien fuera (por ejemplo el campo médico deja afuera toda practica no hegemónica: chamanes, curanderos) y reclama autonomía intelectual y de prácticas.
     En este marco, nos preguntamos ¿cómo ingresan a la disputa por los puestos los técnicos sociohumanisticos, cómo construyen legitimidad en las relaciones jerárquicas, cómo empujan y fuerzan los límites del campo para su inclusión? Esto podría lograrse en el desarrollo de dos estrategias: constituyéndose como colectivo y presionando sobre el Estado. En este sentido los IES tienen esa doble vía habilitada: son el Estado y pueden ayudar a construir algo de lo colectivo (imaginario, identitario, además de saberes y prácticas) en estos nuevos técnicos a partir de la legitimación social y profesional de estas Tecnicaturas. Todo campo ocupacional se ha desarrollado al amparo de las alianzas entre los gremios, o las corporaciones (colegios) y el Estado. Así, los IES siendo Estado formador, tienen un rol de actores preactivos en la instalación de esas carreras en el campo mayor de las profesiones.
     Volviendo a la naturaleza formativa de los IES ¿estos forman un profesional? Mucho se habla de la inclusión de la práctica y de la promoción de prácticas profesionalizantes en los cursos de formación. Estas constituyen perfiles, competencias que los egresados ponen en juego en el escenario laboral. No obstante, mas allá de los términos que califiquen la relación entre educación y práctica, cuando formamos profesionales (en este caso, técnicos) lo que formamos son disposiciones hacia la profesión, disposiciones hacia lo social humanístico en nuestro caso, según campos de intervención. Así “Una disposición es una realidad reconstruida que, en tanto que tal, no se observa nunca directamente. Hablar de disposiciones supone, por lo tanto, que pueda llevarse a cabo un trabajo interpretativo para rendir cuentas de los comportamientos, de las prácticas, de las opiniones. Se trata de hacer aparecer el o los principios que han engendrado la aparente diversidad de prácticas” (Lahire, 2002: 18). Las acciones, las prácticas y los discursos de los actores se convierten en indicadores que nos permiten rastrear, según el autor, las homologías y abstracciones observadas y deducidas de los comportamientos, hacia las disposiciones que han cultivado los sujetos y que están en la base de la acción social. Pero al igual que las disposiciones no pueden verse, tampoco puede entenderse su génesis si no es confrontándose al análisis cualitativo de los espacios donde tienen lugar sus procesos de génesis: en este caso, en los cursos de formación profesional ocupacional, en las Tecnicaturas. Esto nos permitían rastrear y reconocer la existencia de estas disposiciones laborales, en la medida en que son también representaciones acerca del mundo del trabajo que se incorporan en la acción de estos agentes, para entender cómo se forman y se conforma un habitus laboral específico[11].
     Por ende la pregunta que sigue es, los IES ¿forman profesionales o reconfiguran en campo profesional? En términos weberianos[12], las profesiones dan cuenta de una configuración que se basa en un titulo académico, obtenido en una institución superior, con cierta regularidad en sus prácticas, responde a la división social del trabajo, genera agentes que sirven a la sociedad en un determinado plano de acción, reciben retribución a cambio, pueden asociarse y reconocerse en ciertas prácticas con fines altruistas. Si aplicamos tal definición a las Tecnicaturas ¿podemos hablar de formación profesional? ¿Es lo mismo formar un profesional que un técnico? Si lo ponemos en términos weberianos, la respuesta es no. Ahora si pensamos en la formación de un agente que va a insertarse en un espacio social mayor con otras profesiones cambia la pregunta ¿Qué hace un campo profesional cuando llega un nuevo actor, con otros capitales y prácticas de formación?
     Dos estrategas posibles parecen ser pertinentes el interior del campo. La primera debe expresar la necesaria relación entre los IES y sus egresados para que puedan, colectivamente definir alianzas, redes de actores, regulaciones estatales. Los IES en tanto expresión del estado, pueden aportar a sus graduados no solo esquemas de acción y percepción sino capital cultural y capital social que le permitan desenvolverse en cada campo estructurado de producción de bienes simbólicos en su comunidad. La segunda radica en la convicción de que las Tecnicaturas forman no solo profesionales sino que reconstituyen los campos. El campo de la pedagogía se reconstituye, se reconfigura cuando aparece la pedagogía social, algo le pasará a la administración, a la cultura. Hay una reconfiguración de los campos profesionales cuando aparece un nuevo actor, en este caso las Tecnicaturas promovidas por el estado y un nuevo sujeto social (el técnico superior) que reclama por un lugar en la lucha por los puestos.
     Por ello ubicamos a los IES en particular y a las política en educación superior en general como responsables de este juego entre reconfiguración de las profesiones y promoción de nuevas prácticas, lo que constituye un desafío para las tecnicaturas del Área Socio humanística ya que, el incipiente sustrato cultural para estas nuevas profesiones hace que haya una baja consistencia y coincidencia respecto de sus prácticas profesionalizantes: no hay gremios profesionales que alimenten el contenido de las profesiones o carreras, no hay posiciones laborales claramente abiertas en los mercados de trabajo, no abundan los profesores debidamente formados. Las tecnicaturas y las prácticas profesionales que de ellas devengan navegan aun en un espacio social muy amplio del mundo laboral con el riesgo de la simulación, la mimesis o la revolución (en el mejor de los casos) quedando suspendidas en el espacio vacío entre su proyecto formativo y su campo ocupacional.
3) Formas institucionales en las relaciones educación superior/ comunidad
     Las IES, por origen y tradición, se encuentran atravesadas por tensiones que le son constitutivas en relación con su papel como sistema formador/certificador[13] y el valor socialmente productivo de los conocimientos que en ellas se imparten. Cada una de estas tensiones, al mismo tiempo, implican desafíos para seguir construyendo nuevas formas de institucionalidad.
     ¿Cuáles serían esas tensiones/desafíos a las que hacemos referencia? Consideraremos para este trabajo la tensión “dentro-fuera” (Furlán, 1998), es decir, la formación al interior de los claustros, o por el contrario, reconfigurarse como instituciones de la comunidad. Así, cabe la pregunta ¿pueden las formas actuales de gestión de la IES dar cuenta de los desafíos de una profesionalidad vinculada al desarrollo de las comunidades?
     Cada vez hay mas consenso en situar a la ES como un actor de la comunidad (Brunner, 2007) que interviene no solo como sistema formador sino también como agente promotor de procesos de problematización, de aportes de ideas, estrategias, soluciones. Por esta razón, la oferta de carreras como las tecnicaturas socio humanísticas toman como punto de partida la conformación del trabajo en redes en el plano territorial, con organizaciones de la sociedad civil y del/los Estado/s. Esa trama que se teje, esa urdimbre, tiene un carácter primordialmente cultural, porque se da en el escenario local, en la trama de sentidos compartidos que se construyen en cada territorio. Luego, esa trama es pedagógica porque los IES no dejan de ser instancias de formación, niveles dentro de un sistema educativo secuenciado y jerarquizado. Y si bien la ES parece representar la jerarquía más alta en los conocimientos, esta no deja de ser un arbitrario respecto de saberes y prácticas[14] que circulan en la esfera social. Por lo tanto, la constitución de redes y las prácticas de intervención no dejan de ser pedagógicas, educativas, desarrollando una nueva politización de lo pedagógico (Villa, 2007) como reconstrucción de la trama institucional y como el espacio de lo común donde se debate y proyecta.
     La gestión curricular entonces debiera tender hacia la creación de espacios pedagógicos abiertos y flexibles más allá de los muros de las instituciones a través de redes de relaciones con el Estado pero sobre todo con los principales actores del mundo del trabajo, generando nuevos escenarios de intercambio. Esto requiere flexibilidad en los tiempos y las secuencias de aprendizaje (cuestionando las formas clásica de cursada), en la coordinación de los aprendizajes (la relación profesor  materia) y en las formas de evaluar y certificar, como también requiere de un profesorado más flexible, creativo, con capacidad para trabajar comunitariamente, de interactuar con múltiples actores, de generar conocimiento con su praxis, de subsumir sus intereses profesionales en pos del desarrollo del proyecto formativo y profesional que sustenta la institución en el espacio local.
     La creación de estos espacios pedagógicos abiertos y flexibles requiere también pensar nuevas estrategias, que tiendan a diferenciar la formación de los institutos superiores de las formas escolarizadas de la educación media, incorporando elementos tales como: consejos consultivos institucionales, conformados por las autoridades educativas,  docentes y alumnos y representantes de los campos ocupacionales, posibilidad de cursar materias en otras instituciones, cátedras abiertas, diversidad de formatos para la práctica profesional (observaciones, participación en proyectos o emprendimientos, elaboración de diagnósticos, participación en implementación de políticas públicas, pasantías, desarrollo de actividades para y con la comunidad)
     En esta relación se produce entonces la construcción del perfil profesional de los estudiantes de las carreras sociales y humanísticas, cuando en un anclaje territorial ponen en juego sus historias, su trayecto formativo, sus expectativas profesionales y personales.
4) Conclusiones en torno a la inclusión filiación de jóvenes y adultos.
     La institucionalidad de la Es que proponemos en el punto anterior es una apuesta a la formación y profesionalización de los jóvenes, como forma de evitar las migraciones de las nuevas generaciones, como una práctica política de filiación social y como promoción de nuevas formas de acción colectiva.
     García Canclini (2005) señala que a las nuevas generaciones se les propone globalizarse como trabajadores y como consumidores. Son jóvenes flexibilizados laboralmente, desprovistos cada vez más de protecciones, que deben buscar más educación pero encuentran menos oportunidades. Así, el presente y el futuro de los jóvenes en general se configuran en un contexto de desigualdad, donde una diferencia central pasa por los modos en que las nuevas generaciones se conectan o quedan desconectadas -según aprendan a presentar sus preguntas y demandas del modo adecuado en los nuevos escenarios.
     Jóvenes y adultos pugnan en la actualidad por ser incluidos y nominados, y la ES puede ser una oportunidad para ser reconocidos y para producir condiciones de inclusión (Redondo, 2004)  Pero de alguna manera, esto exige una comprensión diferente de las prácticas culturales que portan los jóvenes, de su relación con la educación formal, sus intereses y formas de sociabilidad que hacen que la categoría “alumno” haya cambiado. En la perspectiva que nos inscribimos, y teniendo en cuenta los sectores sociales que se vuelcan a las carreras en los IES, al “alumno” lo pensamos como un sujeto adulto o en transición a la adultez, que ha hecho una opción formativa vinculada a un campo profesional, que apuesta (o no tiene otra posibilidad mas que apostar) a formarse en el espacio de su comunidad.
     No obstante, es importante diferenciar las motivaciones y oportunidades diferenciales de elección que portan los jóvenes según su pertenencia a diferentes estratos sociales. Así, como expresa Kisilevsky (2002, apud Sabatier, 2004))  las oportunidades de acceso al nivel superior contienen –entre otros- ingredientes atribuibles a expectativas sociales, pero aquellos referidos a los condicionantes académicos previos así como al nivel socioeconómico de la población cobran importancia y participan del marco explicativo del fenómeno de elección de un estudio a nivel superior”. Por lo tanto podría describirse a la población que “elige” estudiar en los IES de la siguiente manera:
-          el nivel de escolarización de los padres se ubica entre estudios primarios completos y secundarios incompletos.
-          El rendimiento académico en la escuela media de estos alumnos es relativamente bajo comparado con los que ingresan a las universidades
-          La mayoría de los estudiantes provienen de escuelas medias estatales con una fuerte incidencia de la accesibilidad geográfica (muchas veces los IES son las únicas instituciones que ofertan formación superior en determinadas zonas)
     En síntesis “los rasgos distintivos salientes entre los estudiantes superiores universitarios y los no universitarios está dado por el nivel socio-económico ya que éste está asociado con el nivel académico adquirido en los niveles previos y con la posibilidad o no de trasladarse para seguir estudios universitarios elegidos “vocacionalmente” (Sabatier, 2004).
     Sin dudas, desde el origen la educación técnica (tanto media como superior) en Argentina estuvo dirigida en primer lugar a los sectores populares, “con respecto al curriculum (en la Universidad Obrera, década de los cuarenta), el propósito era ofrecer a los adolescentes y jóvenes de clase obrera la posibilidad de estudios técnicos en la educación media y superior” (Gallart, 2003).
     A causa de ello, la educación superior técnica se debate permanentemente como sintonizar con el mundo del trabajo, observándose esta tendencia en un curriculum más instrumental que es ofrecido para estudiantes de menores condiciones socioeconómicas que en el caso de los estudios universitarios. Obviamente, esta segmentación curricular está acompañada de otras condiciones: carreras más cortas para quienes tienen necesidades económicas acuciantes, mayor distribución territorial de la oferta para aquellos que no pueden costearse un traslado, y menores exigencias de conocimientos generales y básicos.
     Así situados, los contenidos de la formación y las prácticas que de ellas se desprendan deberían necesariamente promover escenarios que faciliten la efectiva inclusión de estos jóvenes y adultos en sus territorios. Por ello se propone un modelo de gestión participativo y abierto a la comunidad. Pero al mismo tiempo, si la ES se piensa, no como política compensatoria o focalizada (carreras pobres para pobres) sino como un factor de desarrollo, su fortalecimiento y continuidad debe estar necesariamente garantizada por el Estado, a partir del impulso y creación de estas y otras carreras, la formación de sus formadores, la provisión de fondos (programas de mejora, becas a estudiantes, etc.) el seguimiento de la inserción profesional y la consecuente evaluación e investigación acerca del impacto de estas carreras en el desarrollo de sus territorios.
     De alguna manera, las problemáticas y horizontes aquí descriptos se reflejan también en las agendas de las políticas educativas. Una política educativa no puede ni debe garantizar la inserción laboral de los estudiantes de los institutos superiores, pero si puede generar mejores condiciones para posibilitar una relación más dinámica entre la formación y la profesión.


[1] A partir de la sanción de la Ley de Educación Nacional 26.206, el subsistema denominado “no universitario” deja de definirse por la negativa, para ser pensado como un sector con identidad propia, entre cuyas funciones encontramos formar y capacitar para el ejercicio de la docencia en los ámbitos y niveles superiores del sistema educativo nacional y proporcionar formación superior de carácter instrumental en las áreas humanísticas, sociales, técnico – profesionales y artísticas vinculadas a la vida cultural y productiva local y regional.
[2] Mayor información sobre estas carreras se encuentra en la  página web del INFOD (Instituto Nacional de Formación Docente) http://www.me.gov.ar/infod/socyhum.html
[3] Se sugiere visitar la página Web del INET (Instituto Nacional de Educación Técnica) http://www.inet.edu.ar/
[4] Se entiende por “proyecto formativo” a “los propósitos a ser alcanzados por la formación en el marco de diferentes procesos de aprendizaje que se desarrollan durante las carreras” (Resolución 232/06 del Consejo Federal de Educación). 
[5] El acuerdo marco referido se respalda en la Resolución 238/05 del Consejo Federal de Educación
[6] Formación general, de fundamento, específica y prácticas profesionalizantes (Acuerdo Marco A-23, III.1.3, Consejo Federal de Educación, 2005).
[7] La Resolución 26/06 estableció los perfiles profesionales y los contenidos básicos para estas Tecnicaturas. También se desarrollan otras en las áreas de Turismo y Salud.
[8] R. Williams, en Marxismo y Literatura, al analizar los elementos de la cultura refiere a elementos dominantes, residuales y emergentes. En este caso, consideradas las prácticas profesionales como prácticas primeramente culturales, seguimos las términos de Williams como matriz de análisis (Villa, Martín, Pedersoli, 2007)
[9] Para De Certeau, igual que para Foucault, el espacio social es el resultado de un conflicto permanente entre poder y resistencia al poder, un producto de las operaciones que lo orientan, temporalizan, sitúan y lo hacen funcionar. En cada una de estas operaciones, actúa una fuerza hegemónica y disciplinaria, y otra que se le contrapone. De Certeau se abre a la posibilidad de que dicho poder sea subvertido y alterado en su significado por las prácticas cotidianas de aquellos que lo habitan. Mediante astucias furtivas, por tanto, los ciudadanos "de a pie" tienen la capacidad de abrir un espacio original, de creación, no subyugado al orden dominante. En palabras del autor “las maneras de hacer constituyen las mil prácticas a través de las cuales los usuarios se reapropian del espacio organizado por los técnicos de la producción sociocultural” (De Certeau, 1996: 54)
[10] Según el autor“el campo de producción y circulación de bienes simbólicos se define como un sistema de relaciones objetivas entre diferentes instancias, caracterizadas por la función que cumplen en la división del trabajo de producción, reproducción y difusión de bienes simbólicos.” Las profesiones entonces, constituyen campos cuya definición es independiente de las características y funciones de quienes los ocupan y donde las características centrales son: las jerarquías (posiciones dominantes y dominadas) los límites (quienes pertenecen al campo y quienes no) y la autonomía (o la capacidad de interpretar las producciones externas conforme a sus propios principios) 
[11] Cuando formamos en campos ocupacionales no solo construimos homologías sobre el mismo sino que cargamos de intencionalidad las practicas que promovemos (por oposición a las que rechazamos) Por esa razón, si las disposiciones a la práctica profesional que desarrollamos en los estudiantes están ajenas a la comunidad de referencia pero sobre todo ajenas a sus trayectorias de vida, probablemente estas resulten descontextualizadas y descontextualizantes para los estudiantes. Toda práctica profesionalizante se asienta en una matriz intelectual/emocional previa propia del sujeto (sus representaciones) sobre la que toman mayor o menos consistencia y estabilidad las prácticas. En tal sentido, una matriz formadora (el IES) no puede desconocer la otra (estructura de representaciones sobre las profesiones del sujeto)
[12] Para Weber, los grupos profesionales no son solo entidades económicas sino grupos de status que heredan o se dotan de recursos culturales para intentar hacer válida su visión del mundo.
[13] Manuel Gil Antón (1995) considera que muchas instituciones de educación superior, en sus relaciones entre conocimiento y certificación se han volcado más hacia la demanda de certificados que a la formación en saberes. Así, expresa el autor, el sistema se encuentra orientado, no por el conocimiento y su ulterior certificación, sino por su certificación y su eventual relación con saberes relevantes.
[14] Se propone pensar desde lo curricular y desde las prácticas cotidianas vinculando a los estudiantes con el entorno para que puedan luego desarrollar su profesionalidad a partir del reconocimiento de la necesidad de esos saberes y de esas prácticas, pensando el papel que ocupan las universidades en el desarrollo de un proyecto formativo que permita el desarrollo de un proyecto profesional basado en la acción colectiva. La institución que reconoce y actúa con el entorno es una institución que piensa en redes, que propicia pasantías, trabajo voluntario, residencias que superen la mera observación y que avance en prácticas de diagnóstico y desarrollo de dispositivos para la acción profesional.