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La ciudad como polis o la no-ciudad Hace varios años que 'las ciudades vuelven a plantearse como polis y espacio público -res publica- esto es, la ciudad como textura de vida pública, sociabilidad y urbanidad. La concepción del espacio y de la vida pública urbana (mucho más allá de la plaza, la calle o la villa) es vista hoy como lugar de conflictos por aquello que la sociedad produce y por las maneras de usarlo. En las ciudades se percibe la mutabilidad de un orden. Consideradas hoy por muchos como aglomeraciones de caos, violencia y contaminación; la crisis de la organización del espacio y del tiempo es pensada en términos de tecnología de la información, tráfico, flujo peatonal, relativizando la oposición entre ostentaciones de lujos y los estigmas de pobreza, que las ciudades revelan. Así como nos encontramos en una crisis generalizada de todos los medios de confinamiento (Deleuze, 1990:220), tal crisis probablemente haya surgido en la ciudad, la cual ha dejado de ser ese lugar clave en el que se hace más evidente lo público para dar lugar al estallido de lo que entendíamos por vida, ambiente y lugares compartidos. El fenómeno de la urbanización social es ya innegable: la vida rural se ha replegado profundamente en la vida urbana, generando una reconfiguración de las ciudades y de las maneras de habitarlas. Dicho proceso de urbanización debemos ubicarlo en el período histórico que Eric Hobsbawm (1995) denomina el siglo corto. Esta reurbanización del sentido tradicional de las ciudades ha convocado a un conjunto de nuevos sujetos sociales, que la mirada urbana tradicional ha configurado como 'los marginales', aquellos que viven en los márgenes de las formas de sociabilidad reconocidas hegemónicamente. Podemos hablar hoy de una invención de tal marginalidad a partir del conjunto de creencias, representaciones y prácticas que tienen por objeto a 'los diferentes' en el marco de las modernas teorías de la seguridad urbana (entre ellas, el modelo de seguridad como exclusión). No hay ciudad sin sus representaciones y estas traducen a un texto urbano, el conocimiento social cotidiano y compartido que se produce sobre sus habitantes, sus barrios, sus lugares y no-lugares (1)(Gorelik, 2004). Una ciudad es impensable sin su relato. Los nuevos sujetos sociales a los que aludimos párrafos atrás, en muchos casos de raíz poblacional rural, han ayudado a transformar la fisonomía de las ciudades, sus olores, sus colores, sus posibles recorridos, las maneras de hablarla. La ciudad así, sólo se diferencia de la ciudad (aunque esto es relativo en el mundo globalizado) ya no se opone a lo rural. Pero en el juego de nuevas oposiciones, la ciudad se opone a sus márgenes, ensancha y angosta sus límites conforme quien la sufra o la goce. Son los viejos campesinos, los 'crotos' en la popular acepción argentina, los villeros de hoy, devenidos en cartoneros, lava vidrios, vendedores de baratijas o simples deambuladores los que se han convertido, paulatinamente, en blancos de sospecha, vigilancia y temor por parte de la población citadina. Desde el momento en que en la Argentina los pobres han tomado las ciudades con sus piquetes, sus cortes de calles y sus interminables manifestaciones, las ciudades han dejado de ser el lugar de las clases medias consagradas por el desarrollismo. Pero nadie sabe a ciencia cierta dónde y cómo vive un piquetero, un cartonero, un arrebatador. Sin embargo, se lee su presencia en la ciudad como 'irrupción', que rompe con la estética urbana e infunde los mismos temores que las hordas en las ciudades-feudales-amuralladas. Todas estas nuevas presencias urbanas contribuyen a la construcción de "lo sospechoso", de lo inquietante, al mismo tiempo que generan las formas de su exclusión y rechazo. De esta manera, la preocupación por visualizar lo diferente, individualizarlo para posteriormente desterritorializarlo, se ha convertido en una obsesión para muchas ciudades amparadas en el discurso de la violencia urbana, la inseguridad y defensa. Estos discursos generan una cierta conducta pública que se condice con estrategias y dispositivos que producen -y cierran- el círculo de la violencia en su doble inscripción: por el poder de su acción, que la hace visible y por su poder de acecho, que la invisibiliza. La conducta pública se transforma entonces en una conducta de "observar" y el conocimiento que se adquiere de lo público es más visual, desembocando en la paradoja moderna de visibilidad y aislamiento, una clase especial de espacio de apariencia. Muchas propuestas políticas tienden a reforzar estas ideas de visibilizar lo público. Pero de igual forma lo privado y lo público se entremezclan en el momento que entran en juego ciertos dispositivos de seguridad. Partiremos de considerar a la ciudad como fundamentalmente un espacio de comunicación. Desde sus orígenes, esta característica ha permanecido inalterada; lo que ha ido cambiando -a veces de manera drástica- es el alcance de lo que se entiende por comunicación, el carácter de lo que se comunica, quiénes comunican y entre quiénes se establecen sentidos comunicacionales. La concepción del espacio, la percepción del sentido de la ciudad, los modos imaginados para la construcción de hábitat, los rasgos y riesgos atribuidos a la cultura urbana podrían ser vistos como variables derivadas de este principio estructurante de la ciudad: la comunicación (Smucler y Terrero, 1992: 27.28). Con esto queremos decir que entender lo que pasa hoy en las ciudades implica comprender qué transformaciones están ocurriendo en la percepción de lo urbano; en nuestro caso, la percepción urbana de la seguridad, de la defensa y de la vigilancia. Proponemos dos ejemplos que ilustran estas transformaciones en la percepción de lo urbano en este orden de temas: el uso de cámaras callejeras como mecanismo de control para la seguridad urbana y los modos urbanos de comunicar y consumir a partir de la instalación de la "inseguridad". La mirada Las ciudades nos miran, ya no son espacios de huidas por pasajes y calles. Las teorías de la "inseguridad" (2) terminaron por poner ojos a las ciudades, cientos de ojos que miran, que registran frente a un ojo mayor. Como parte de un programa integral de seguridad, en la provincia de Mendoza, Argentina, la policía local ha instalado cámaras de vídeo en puntos "estratégicos" de la ciudad con la finalidad de registrar cualquier acontecimiento "anormal". El sistema permitiría la llegada rápida de efectivos policiales al lugar del hecho permitiendo aumentar la cantidad de detenciones por crímenes callejeros. Se estima que las cámaras tendrían una importante capacidad disuasiva, en cuanto a sus usos preventivos (3). Las mencionadas cámaras registran y filman las 24 horas del día lo que ocurre en determinados puntos de la ciudad. En la oficina central policial, diferentes policías mirarán durante día y noche lo que registran dichas cámaras a fin de intervenir cuando lo consideren oportuno. El sistema ya se implementa en otras ciudades. ¿Cómo nos transforma la mirada? ¿Quién ve detrás de la cámara? La mirada vuelve delito recoger una moneda perdida en una esquina, vuelve obscena a una niña que se rasca la nariz. Un señor vuelve para mirar las caderas a una jovencita y su mirada se vuelve pecado. Nada es igual en una ciudad que 'nos cuida' a partir de sus ojos. Nada remite de esta cámara a aquel 'cine intelectual' al que refiere Eisenstein al analizar la obra de Vertov. Este definía al cine como captación de la sensación del mundo a través de la substitución del ojo humano por la cámara (4). La cámara a la que nos referimos, lejos de manifestarse artísticamente habla en un doble lenguaje: el lenguaje de la interpretación (por parte del que mira) y el lenguaje del control (de la institución policial). Ambos lenguajes se reducen a lo que Foucault llamaba 'las sociedades de control'; como nos dice Deleuze (1990: 219), Foucault situó las sociedades disciplinarias entre los siglos XVIII y XIX, alcanzando su apogeo en el siglo XX. Ellas proceden a la organización de dos grandes medios de confinamiento. El individuo no cesa de pasar de un espacio cerrado a otro cada uno con sus propias leyes: primero la familia, después la escuela, después el cuartel, después la fábrica, de vez en cuando el hospital, eventualmente la prisión, que es el medio de confinamiento por excelencia. Y ahora, la ciudad. Las cámaras callejeras transmiten durante todo el día los diferentes acontecimientos que ocurren en las calles haciendo una suerte de decodificación policíaca de la realidad. Desde una perspectiva pragmática, tales cámaras representan una fuerte apoyatura tecnológica para enfrentar el problema de la inseguridad urbana. Pero desde una perspectiva comunicacional y humana, la presencia constante de la cámara borra la frontera entre lo público y lo privado, cambiando el sentido a la libertad de circulación y de 'ser' en la ciudad. La cámara, que de mil maneras ha irrumpido históricamente en la vida cotidiana hace su entrada a la vida urbana, en el espacio de la ciudad. Las cámaras van imponiéndose de maneras singulares en la cotidianeidad de la vida urbana. Taxis, supermercados, librerías, ahora las propias veredas contribuyen a identificar 'caras y caretas' que circulan por las ciudades. Desde hace algunos años, el fenómeno de la globalización nos hizo involuntarios partícipes de la vida privada de muchos extraños que se sometieron a la voluntad de las cámaras que los filmaban a cada paso. El fenómeno de los reallity show copó la TV y nos hizo a todos indirectos protagonistas de este gran hermano posmoderno. Las cámaras nos permiten, tras el humo y la muerte, días después, identificar los "fedayín" en el subte de Londres o en Atocha, Madrid. Cualquier comercio o local abierto al público exhibe una filmadora que se transformó en una herramienta fundamental para quienes intentan frenar potenciales delitos, contemplando que en caso de ocurrir, sus autores quedarían registrados. Este registro minucioso se constituye en un artificio paranoico para minimizar la paranoia de sus usuarios. Los planificadores urbanos se muestran entusiasmados por este sistema. La comunidad de Barcelona, España (5), por ejemplo, exhibe datos alentadores sobre la baja en dos puntos en las estadísticas de delincuencia gracias a la presencia disuasoria de las cámaras. Y a pesar de las voces opositoras que se preguntan por lo que ocurre con aquello que se filma, muy pocos parecen advertir acerca de los procesos de estigmatización que se producen ante los ojos de la sospecha. La pregunta es ¿cómo prevenirnos de la sospecha colectiva que nos vuelve a todos vulnerables ante las narrativas del miedo? ¿Cómo sobrevivir a las percepciones diferenciadas de la ciudad frente a aquello que se ha 'fijado' como sospechoso? (6) Muchas ciudades argentinas -como La Plata, por ejemplo- están invadidas por un ejército de cámaras de video instaladas en edificios, avenidas, autopistas, trenes, casas y soportes móviles que las pasean por la ciudad. Son más de 50 mil y filman las 24 horas sin parar. Muchas están conectadas a la Policía. Otras, a sensores bajo el suelo (7). Los edificios, las ciudades, están más inteligentes desde que el mundo cambió en aquel 11 de septiembre. El terrorismo internacional y el negocio de la seguridad urbana abrieron la puerta al control permanente del tránsito planetario de personas. Cuando el enemigo es interno, dicen, ya no basta con encerrar: se deben examinar conductas urbanas para determinar el peligro. Un pequeño detalle que los delincuentes improvisados suelen pasar por alto, sobre todo si las cámaras están escondidas. Un fabuloso mecanismo de control sin reparo civil. "Ante la manifiesta inseguridad, desde el sistema carcelario y el hospitalario hasta las bibliotecas públicas encierran concepciones cada vez más avanzadas de control. Una visualización total del espacio se impone en el diseño cuando se pone por delante la máxima seguridad", dice Eduardo Maestripieri, profesor de Teoría de arquitectura de la Facultad de Arquitectura de la UBA y profesor de cine. En los últimos años, pareciera que todo el país se subió a la fiebre colectiva de instalar cámaras: empresas privadas, organismos oficiales, edificios comerciales, personas comunes y clientes corrientes quieren controlarlo todo. ¿Cuántas cámaras miran la ciudad? Si bien un cálculo exacto parece imposible, una investigación detectó unas 300 cámaras públicas -más o menos interconectadas que filman micro y macrocentro, grandes avenidas y estaciones de transporte. Mientras que en el mundo privado la dimensión del fenómeno es mayor: una sola casa del rubro vende 50 kits por mes desde hace por lo menos dos años. Diez grandes casas vendieron unos 12 mil kits que traen 4 cámaras cada uno: 48 mil aparatos en la ciudad. ¿Quién las maneja? ¿Con qué fines? ¿Hacia dónde apuntan cuando nadie las controla? ¿Dónde están instalados los aparatos que filman día y noche, sin parar, sin pedir permiso, sin tomar descanso? Como si la ciudad fuera una eterna película que no tiene fin ni principio. Y analiza los cambios que ocurren en una ciudad que no termina de acostumbrarse a su ingreso tardío en una modernidad fragmentada. La cámara no sólo protege del delito, sino, como expresa la empresa de ferrocarriles Metropolitanos en Argentina "Desde que instalamos las cámaras fue notoria la disminución de litigios y reclamos. Pudimos corroborar distintos accidentes en pasos a nivel provocados por imprudencias ajenas al servicio, tales como suicidios (8), que sólo son confirmados y reconocidos legalmente por grabaciones. También, si un Juzgado necesita información de las filmaciones por temas fuera de TBA, se las facilitamos", indicó Sergio Tempone, jefe del Departamento de Seguridad Operativa y Siniestros de TBA (9). La cámara vuelve objeto al ojo que por ella mira. La presencia de las cámaras revela, de esta manera, la condición de una ciudad que mira la otredad a partir de otro ojo que, siendo un dispositivo tecnológico, no encierra en sí mismo, la promesa de neutralidad. La cámara nos devuelve dos caras de la ciudad: la ciudad "buena", aquella físicamente hermosa, bien cuidada, en la que habita la gente "bien". Y la ciudad "mala" que hace alusión a los sectores populares, las zonas de los mercados y por supuesto a las diferentes zonas de bares, discotecas y cafés. Sin embargo, el desordenado crecimiento urbano, la falta de un plan regulador de uso del suelo y especialmente la crisis económica, ha mezclado las ecologías de la ciudad, por lo que resulta difícil mantener un mapa estable de espacio urbano (Reguillo, 1998). Modos urbanos de comunicar y consumir Las ciudades son territorios sin fronteras, en el que se vive una experiencia profunda de identidad local y una relación directa con el mundo, donde lo privado y lo público se interpenetran, donde lo universal ancla con lo local. Y son sobre todo, espacios donde las personas se encuentran, se comunican y realizan en lo humano. La ciudad es un espacio de sociabilidad, de construcción de sujetos, por ello podemos mirar la ciudad desde la comunicación: considerando la relación entre la cultura objetivada y la cultura incorporada o interiorizada. Por ende, la ciudad no se reduce a su dimensión espacial o campal -objetiva- pero tampoco es sólo un conjunto de representaciones incorporadas por los sujetos. Es una compleja combinación entre ambas dimensiones. A las ciudades de las 'vías de comunicación', propias hasta la segunda posguerra mundial, se le superponen hoy las ciudades de los medios de comunicación. La comunicación mediática construye un nuevo espacio imaginario de la ciudad actual. El cambio técnico en los medios y procesos de comunicación social rediseña los escenarios urbanos, los espacios públicos y privados y las prácticas sociales de comunicación. Tal como lo menciona Renato Ortiz (2002:50), el impacto de las tecnologías afecta incluso las ciudades. Al informatizarse los servicios y los hogares, la trama urbana adquiere un nuevo significado; es atravesada por mensajes que desterritorializan a las personas, las viviendas y los edificios. Ahora ¿cómo estas tecnologías han modificado nuestro modo de vivir/percibir las ciudades? La pregunta no es retórica, la difusión y generalización de estas tecnologías, en particular la TV, han replegado el ejercicio de lo público al espacio de los hogares. La participación política, la interactividad se concretan más fácilmente en la computadora o la TV que en las calles. Porque las calles, como expresión de la urbanidad, son percibidas ahora como lugares de amenaza, de inseguridad y de mayor control punitivo. Los espacios urbanos consagrados a lo público, como las plazas, van sufriendo diferentes reapropiaciones por parte de los ciudadanos y van apareciendo nuevos espacios de intercambio, como por ejemplo los ciber-café, mediados por la tecnología. Tal como considera Reguillo (1998) la erosión de la vida pública y el declive de los metadiscursos totales y omnicomprensivos, el deterioro objetivo de la calidad de vida y el incremento de una violencia que desborda los márgenes de lo imaginable, genera diferentes respuestas. Pero es indudable que el desencanto generalizado fomenta un repliegue hacia lo privado y lo comunitario. El cuerpo, la casa, la comunidad de sentido, el grupo de referencia, salvo contadas excepciones, se convierten en el espacio-tiempo que hay que preservar contra las violencias y los terrores apocalípticos que acechan más allá del intramuro. Cuando hay evidencias de que todo escape es inútil y toda defensa insuficiente, los actores tienden a elaborar esquemas de respuesta para enfrentar la incertidumbre. Otros cambios perceptibles y que forman parte de un mismo orden de repliegues, lo constituyen los 'grupos de autodefensa civiles', los llamados 'vecinos vigilantes' o 'vecinos alerta' que operan en barrios y urbanizaciones de manera legal, en diferentes ciudades y constituyen redes de interacción vecinal cuyo tejido carece de memoria y soporte de instituciones previas (Reguillo, s/f). Estos cambios (consumos urbanos tecnológicos y nuevas estrategias frente a la inseguridad) van homogeneizando las ciudades en un mismo territorio. Y si lo que hace diferente una ciudad de otra es su capacidad arquitectónica, sus símbolos, los 'fantasmas urbanos' que sobre ella construyen sus propios vecinos tienden a estandarizarse rápidamente. Ya no vivimos en ciudades monoteístas, cada individuo, cada generación la vive y la percibe conforme a múltiples determinantes identitarios que suelen converger en sendos lugares comunes. Las ciudades del siglo XXI viven una metamorfosis de lo público, que se traduce en su carácter no espacial, desplazándose hacia la privatización de su consumo como consecuencia de la retribución cada vez más atractiva que ofrecen los medios de comunicación (TV-cable, TV-satelital, y vídeo) las telecomunicaciones (extensión telemática-redes) y las tecnologías informáticas. Tecnología y consumo forman parte de las maneras de percibir las relaciones humanas en la ciudad, mediadas más por artefactos que por relaciones directas. Demasiado de nuestra vida pública no está cimentado en espacios físicos porque la realidad urbana nos produce miedo, porque nuestras experiencias cotidianas son cada vez más virtuales y fragmentarias; tanto es así, que el ojo de la cámara callejera nos devuelve la imagen de una policía que nos cuida, mientras nos aleja del espanto que nos causa. Algunos datos sobre consumos tecnológicos urbanos Ciertos objetos tecnológicos, como los que detallamos anteriormente, se han convertido en objetos de culto, al tiempo que objetos de consumo y su difusión y apropiación indiscriminada han transformado las formas de comunicación en las ciudades pasando de la territorialidad a la virtualidad. Ha cambiado nuestra forma de percibir las calles, los olores, los mitos cromáticos, los avisos, los graffitis, los sabores de la urbe en tanto escenarios de argumentación comunicativa. La ciudad que rescata, por ejemplo Vertov (10) en su película, es una sociedad que vive, que se comunica, que las calles replantean relaciones cara a cara donde se recrea y de dirime la dinámica social. Las ciudades de hoy construyen una manera diferente de la urbanidad, mediada por la tecnología en términos de ordenamiento, de control, de eficiencia. Es el aura (11) de las ciudades (su historia y la historia de los que la viven y vivieron) lo que se va abstrayendo en el espacio virtual de la comunicación en las ciudades habitadas por los mitos del miedo. Los medios de comunicación reproducen la imagen de cientos de ciudades (hasta de la que uno habita) sin embargo, esa imagen no es auténtica. Como expresa Benjamin la autenticidad de una cosa es la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella, desde su duración material hasta su testificación histórica (12). La percepción sensorial es modificada por la técnica, y la técnica, al menos con relación a los medios de comunicación como consumo masivo, va penetrando cada vez más en los hogares, replegando a los individuos a una 'ciudadanía privada' que se ejerce desde la casa, desde los receptores y desde los medios que configuran la mirada sobre la realidad. Hay algunos fenómenos a considerar en relación con estos cambios de mirada. a) La centralidad de los medios electrónicos (especialmente la televisión y la radio) en el consumo cultural de las poblaciones urbanas: veamos algunos datos (13). Para 1989 en Latinoamérica y el Caribe existían 516 estaciones de TV, de las cuales Venezuela (para tomar un país como testigo) tenía 11 de tales estaciones. El número de televisores en América Latina se estimaba en 71 millones de unidades lo cual permite calcular que unos 350 millones de ciudadanos de América Latina estaba en condiciones de acceder a su uso. b) La modalidad visual de la TV se reproduce en las mencionadas cámaras públicas: se estima qué más de 300 filmarían el centro de una ciudad como La Plata. En comercios y otros espacios se han colocado 50 kits de cámaras cerradas por mes en dos años. Diez grandes casas vendieron unos 12 mil kits que traen 4 cámaras cada uno: 48 mil aparatos en la ciudad. c) La escasa significación de los niveles de asistencia a los eventos de alta cultura y cultura local popular (en oposición a una fuerte presencia de la cultura de masas) lo que modifica la percepción sobre los universos simbólicos culturales. d) La centralidad de la TV y el cine provenientes directa o indirectamente de la cultura norteamericana, lo que genera un 'discurso único' sobre la realidad. Las industrias culturales y las nuevas tecnologías comunicacionales e informáticas productoras de bienes de capital y aquellas en relación directa con actividades comerciales, se han transformado en los principales agentes de mensajes, bienes y servicios del desarrollo cultural urbano, pero con una característica esencial que conecta con dos conceptos clave: la fragmentación y el desplazamiento del intercambio por el flujo (red) de información, que ordenan las nuevas formas de sociabilidad, es decir, los diversos modos de comunicar y habilitar que hacen posibles o imposibles la valoración de la memoria, de los lugares propios que en general constituían las ciudades Es por ello que podemos conjeturar que las percepciones acerca de la ciudad contemporánea se alimentan en gran medida del imaginario urbano construido, representado y narrado por los medios de difusión masiva como texto de las industrias culturales mencionadas. Así entonces, la ciudad y sus representaciones mediáticas se producen mutuamente. Como constructores de la realidad, o difusores de representaciones sociales acerca del mundo, los medios configuran un determinado "fantasma urbano". Como dice Gómez Mompart (1998, p.3), "la construcción imaginaria de la ciudad, producida por las industrias de la cultura y de la comunicación, entabla individual y colectivamente un diálogo con el ciudadano, quien contrasta su visión con la versión mediática, retroalimentándose mutuamente". ¿Hasta qué punto podemos hablar de experiencias y percepciones subjetivas acerca de la ciudad sin tomar en cuenta la imagen que de ella transmiten los medios? Y a la inversa, ¿pueden los medios construir versiones sobre la experiencia urbana sin antes aprehender cómo es que está siendo vivida la ciudad por parte de los sujetos que la habitan? Conclusiones En este breve ensayo hemos intentado ver cómo los discursos sobre la seguridad urbana, en tanto bien público, y ciertos consumos tecnológicos relacionados con ellos -particularmente las cámaras callejeras y los mass media- han cambiado nuestra percepción sobre las ciudades como espacios urbanos comunicaciones. Estos cambios de percepción nos han llevado a vivir de manera diferente en las ciudades, pero también ellas han cambiado en su disposición histórica, identitaria y en su fisonomía. Las ciudades de las vías de comunicación dan paso hoy a las ciudades de comunicación mediatizada, donde la percepción más común es la del desorden, el caos y la cara misma de la miseria. Los medios de comunicación, las cámaras de TV nos devuelven múltiples miradas de las ciudades en las que vivimos, desde su esplendor turístico hasta su marginalidad insolente disfrazada de amenaza. Esa amenaza es las que promete ser captada (encerrada) por el ojo de esas otra cámaras, las callejeras, las que dispone la policía o la seguridad privada para detectar todo aquello que a nuestra levedad se le vuelve insoportable. Estas cámaras actúan como un inconsciente óptico, que nos debelan una realidad que no miramos si no es a través de esa suerte de 'ortopedia' que resultan las cámaras. Los espacios comunicacionales que alguna vez representaron las plazas públicas, calles, ferias, puentes, donde circula y se discute la vida cotidiana han sido reemplazados por una nueva configuración espacial urbana signada por la idea de 'circulación'. Las ciudades están hechas para circular, para que el flujo de gente que pasa por ellas sin más. En tanto, emergen otras formas de apropiación de la espacialidad urbana caracterizada por la segregación y la fragmentación social. Estos nuevos fenómenos urbanos son aquellos que la tecnología representada por la cámara televisiva tiende a mostrar, erosionando su principio de realidad. Las cámaras nos muestran los barrios florecientes, la pobreza creciente, las formas abarrotadas de las favelas o las villas y la serenidad de los espacios verdes. Pero los olores propios de las ciudades, la captación del ruido y los murmullos urbanos -que constituyen la memoria colectiva sobre las mismas- se va perdiendo. Como dice Gigrant 'hoy pensamos en postales'. Las imágenes que acompañan las palabras en el pensamiento son cada vez más fotográficas. Estos nuevos artefactos de la visión producen una 'visión sin mirar' de las ciudades, de la misma manera que se produce una ciudadanía sin ciudadanos en esta nueva manera de percibir lo urbano, no ya como acontecimiento comunicacional, sino como 'acontecimiento comunicacional mediado' que modifica nuestra manera de percibir y vivir en las ciudades. Estos nuevos artefactos condicionan -y desparraman- nuestras concepciones sobre el temor, reificando su condición y desvinculándolo de procesos sociales, políticos, económicos y culturales así como de momentos históricos específicos. Hoy, como dice Giddens, vivimos en una época marcada por la "inseguridad ontológica", que afecta la construcción de su identidad y la integración de esta con la sociedad debido a la imposibilidad de poder confiar en la fiabilidad de personas y cosas. Su pérdida, entonces, se vincula con el surgimiento de las no-ciudades, como dijimos en algún lugar. La sensación de inseguridad se ha convertido en uno de los principales problemas que afronta la ciudadanía y presenta una serie de complejidades a la hora de ser analizada y enfrentada. Si bien esta sensación se relaciona especialmente con la delincuencia, lo que inmediatamente se traduce en temor a convertirse en víctima de un delito, también es cierto que ella es una expresión más de la vulnerabilidad y el riesgo que inunda nuestra sociedad. Así, vemos que el temor no necesariamente se relaciona con la probabilidad de ser víctima efectiva de algún delito. La desconfianza en las instituciones de justicia criminal, el rol de los medios de comunicación o la presencia de una inseguridad social generalizada son motivos que influyen en la presencia del temor al delito. Pero el temor, sigue relacionándose fuertemente con la ciudad y afecta la forma como utilizamos la ciudad. En términos de Martín-Barbero "los miedos son clave de los nuevos modos de habitar y de comunicar, son expresión de una angustia más honda, de una angustia cultural que proviene, en primer lugar, de la pérdida de arraigo colectivo de las ciudades". En esta cita se resalta el proceso de retroalimentación entre temor y ciudad, ya que ambos se definen y reconfiguran cotidianamente. Por esto, la calidad de las ciudades en que vivimos se convierte en un elemento central para interpretar el temor, entendido como una experiencia compartida y experimentada socialmente. Pero el temor que lleva a la obsesión por el control de la cámara o del repliegue al mundo privado no remite sólo al delito, sino al desamparo mayor que se arraiga en diversos problemas sociales vinculados a la precariedad de la vida actual: por ejemplo, el temor frente a la cesantía, la falta de protección social, el futuro de los hijos, entre otros, marcan la vida en una "sociedad de riesgo" (Beck, 1984) donde nada parece seguro. Sólo que el temor al delito es aquel que permite una identificación clara del "otro" que genera inseguridad y que además puede ser identificado. Es así como el temor al delito se convierte en una forma de expresión simbólica del riesgo permanente que se vive cotidianamente y en múltiples órdenes, en la ciudad de la furia. Notas (1) En este sentido, es posible que estemos construyendo ciudad sin ciudadanos. Si bien la afirmación parece retórica, el análisis de estos procesos, así como de sus consecuencias el discurso y el accionar de los habitantes urbanos, establece este peligro como cierto. En este proceso aparece lo que se puede denominar la no-ciudad, como elemento caracterizador del fenómeno de construcción urbana actual. (2) O también conocidas como 'teorías de la tolerancia cero'. Para un mejor análisis de este tipo de políticas, sugerimos la lectura del excelente libro de L. Wacquant, Las cárceles de la miseria. Manantial, Buenos Aires, 2000. (3) Fuente: Diario Clarín del 21 de octubre de 2004. (4) Versión del texto de Annette Michelson, "O Homem da Câmera - De mágico a epistemólogo", in Cine Olho, no. 8/9, São Paulo, s/d. (5) Fuente: El país Cataluña del 12/2/2003. (6) Ver en R. Reguillo (2003) el concepto de identificación, diferenciación respecto de las percepciones y usos de la ciudad. R. Reguillo "Las derivas del miedo. Intersticios y miedos en la ciudad contemporánea" (7) Fuente: Diario Página 12. (8) El subrayado nos corresponde. (9) Fuente: www.tba.com.ar/prensa/ (10) Annette Michelson, op. cit. (11) En el sentido que Benjamin da al término, en tanto "manifestación irrepetible de una lejanía". En W. Benjamin Discursos interrumpidos I. Filosofía del arte y de la historia. Buenos Aires, Taurus, s/f. (12) W. Benjamín, op. cit. Pág. 22. (13) Se han utilizado como fuente diferentes informaciones recogidas en Internet. |
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