lunes, 10 de enero de 2011

Modelos para armar utopías

Dirección General de Cultura y Educación
Premio a Experiencias pedagógicas:

Conferencia: Modelos para celebrar utopías.
Es siempre un hecho auspicioso reunirnos por celebraciones, celebraciones por un premio ganado. Premiar y celebrar parecen ser parte del ethos de la tarea pedagógica, a la que se suma, en este caso, la importancia de los homenajes. Porque en primer lugar los nombres de los premios que aquí se entregan remiten a homenajes a luchadores, luchadoras, intelectuales o simplemente maestros y maestras que hicieron la diferencia entre ser absorbidos por lo cotidiano y celebrar lo cotidiano en términos de trabajo, tarea, aprendizajes productivos y vivenciales para los y las estudiantes.
Pienso en el maestro Fuentealba, en Rosario Vera, Carlos Vergara, Raquel Camaño, Juana Manso, Mignone, el maestro Iglesias y en sus aportes incansables hacia la educación común. Ustedes saben que este término está siendo muy criticado últimamente, sin embargo a mí me gusta rescatarlo no porque piense que la educación es un asunto común, trivial, sino porque pienso que la educación común habla de lo común que tenemos entre las personas, lo que nos une e identifica como sustrato del derecho a las diferencias étnicas, de género, de generaciones, de religiones, cualquiera ellas. Lo común es lo comunitario, una condición de vida que cada vez es más complicado seguir.
 En segundo lugar, la variedad de experiencias premiadas, lo temas que estas han abordado, las formas inclusivas en que se ha pensado la escuela, me parece, dan cuenta de las enormes inquietudes, intereses, necesidades de acción que tienen docentes, estudiantes y la comunidad en la que se insertan las escuelas, de la relación y el compromiso de estos docentes con sus territorios y de las coordenadas con las que estamos leyendo el territorio, las ciudades, la comunidad. Insisto, son las coordenadas de lo común.
 A mí me gustaría entonces, aprovechar para darle una vuelta reflexiva a estas experiencias, en el doble sentido del término “reflexividad”: como reflexión, pensamiento, como producción cognitiva sobre la acción. Y en el sentido antropológico del término: como la capacidad de volver sobre los propios pasos para ver las huellas de nosotros mismos en esa experiencia. Como hacemos la experiencia al mismo tiempo que esta nos hace a nosotros.
 Me parece central destacar la palabra Experiencia, que estemos hablando de experiencias pedagógicas y no de proyectos, como muchas veces ocurre. Ustedes saben que los proyectos son anticipaciones de la acción, esperanzas de concreción. En cambio cuando hablamos de la experiencia, estamos hablando de lo que ocurre en el acto, lo que ocurre sobre la realidad y la forma subjetiva en que cada uno de nosotros vive la experiencia.
 El filósofo John Dewey nos dice que la experiencia da por resultado una visión general concreta y una determinada capacidad organizativa sobre la realidad. Si bien es cierto que la experiencia se realiza sobre objetos particulares, el aporte del filósofo es decirnos que la experiencia no es exclusivamente empírica, no es algo que se hace o se tiene solamente sino una red de significados que van construyendo sentidos nuevos que nos hacen aprender, errar, corregir. En cada experiencia hay elementos conceptuales que la organizan, entonces la experiencia genera conocimiento, hacer es pensar en el plano material.
Por lo tanto, cada una de estas experiencias pedagógicas que hoy destacamos son también espacios de construcción de conocimiento en la acción, en el aula, en la escuela, en la comunidad.
Creo que hay que rescatar esta mirada porque el conocimiento que producen las escuelas y los docentes es un tipo de conocimiento que los investigadores, los pedagogos queremos “atrapar” pero que muchas veces estamos dispuestos a reconocer.
 Por otra parte, la experiencia es según el sociólogo francés Francoise Dubet (Soociología de la experiencia, 2001) "una noción que designa las conductas individuales y colectivas dominadas por la heterogeneidad de sus principios constitutivos y por la actividad de los individuos que deben construir el sentido de sus prácticas en el seno mismo de esta heterogeneidad
Él nos marca dos dimensiones de la experiencia, una individual que refiere a las formas subjetivas, íntimas en que vivimos y significamos los hechos. La otra es colectiva, y refiere al hacer con los otros. Esto quiere decir que una experiencia tiene valor cuando impacta en nuestros conocimientos, nuestras prácticas, nuestras emociones pero también cuando estas se comparten con otros. Y también quiere decir que una misma experiencia tiene lecturas y apropiaciones singulares, personales, heterogéneas de la misma manera que impactan diferencialmente en lo colectivo.
Las experiencias que tuve oportunidad de leer, aquí premiadas, parecen cumplir con estas dimensiones:
·         reconocerse en el hacer
·         producir conocimiento al interior de la escuela y para las comunidades
·         permitir formas originales de apropiación por parte de los sujetos
Seguramente mucho podrán revisarse, modificarse, mejorarse, pero si cumplen estas tres condiciones, y continúan en el tiempo y abren a nuevas experiencias, el camino ya está abierto.
 Mirando la resolución de la convocatoria a estas experiencias, me gustaría detenerme en la definición de “experiencias educativas institucionales colectivas”, porque otro concepto central junto al de experiencia es el de ACCION COLECTIVA. Ustedes saben que las acciones, lo que hacemos y por qué hacemos lo que hacemos ha sido objeto de estudio de la sociología. Hace muchos años la mirada se ponía en las acciones individuales “por que x hace lo que hace”. Hoy, sin embargo, se hace énfasis en la acción colectiva. No es para menos, puesto que la realidad latinoamericana se ha visto modificado en los últimos años por movimientos de acción colectiva y protesta social tales como:
  • Movimientos sociales de trabajadores, desocupados y campesinos.
  • Reclamos locales por vivienda, servicios, seguridad, educación.
  • Visibilidad de las minorías: mujeres, homosexuales, pueblos originarios
  • Luchas comunitarias: asambleas barriales, por ejemplo.
Son datos que hablan de la necesidad de la sociedad civil de organizarse (con mas o menos nivel de sistematización) colectivamente en torno a reclamos y necesidades particulares. Son formas de organización por fuera de las clásicas (partidos, sindicatos por ejemplo) formas que se arman y se rearman en función de situaciones particulares pero que acercan a las personas y las empodera para comprender y emprender acciones que impacten directamente en sus territorios materiales y simbólicos.
Alguien puede destacarse en la acción, pero si no hay compromiso colectivo, difícilmente habrá cambios sociales. Nos pueden resonar los nombres de Lopez, Fuentealba, Vera Peñaloza, pero más allá de sus actos particulares, ellos encontraron condiciones colectivas para trabajar como lo hicieron, para luchar como lo hicieron y en todo caso representan una manera de ver y entender la realidad. Algo similar podemos decir de estas experiencias que probablemente alguien piense cuanto se las ha puesto al hombro, pero también es cierto que seguramente encontraron acompañantes, cómplices, detractores, lo que fuere que los ayudó a compartir la experiencia, a llevarla adelante a hacerla colectiva. Y el premio es también una condición favorable para su reconocimiento. Este espacio de hecho es un espacio colectivo donde ustedes comparten, renuevan ideas, llevan puntos de vista, saben que están haciendo colectivamente “la educación” de la provincia.
 Una tercera cosa a señalar es que, y ya en términos de lectura más pedagógica, la presente convocatoria nos pone frente a una nueva politización de lo pedagógico y de la escuela. Nos pone a pensar que la experiencia es una red de trabajo que incluye la escuela pero también otros actores sociales. Por si solas las instituciones no pueden ya resolver los acuciantes problemas de la realidad. Así, las escuelas tienen que aprender a trabajar a red, a trabajar de manera extramuros, a incorporar otros discursos y prácticas acerca de lo posible.
Eso hacen estas experiencias.
Por eso me parece central aquí rescatar lo pedagógico en lo social, rescatar la necesidad del ensanchamiento del discurso de la pedagogía escolar hacia una pedagogía social que abra la escuela hacia lo que la escuela es en verdad: un espacio de socialización política de las nuevas generaciones.
Quiero compartir un concepto de Pedagogía Social para que podamos entender porque yo digo que estas experiencias hacen a una educación social:
es un discurso que opera sobre lo social como problema, allí donde las lógicas económicas y sociales han definido territorios de exclusión social con el fin de paliar, de transformar los efectos segregatorios en todos los sujetos (Núñez, 2001)
Son efectos de la educación social la inclusión social y cultural, para que todos los sujetos puedan resolver los desafíos de su momento histórico. La Pedagogía Social imagina nuevos escenarios educativos y culturales para todos los sujetos.
En este sentido, yo veo que estas experiencias –las de ustedes- marcan un modelo de acción:
  • Para intervenir y accionar sobre la realidad
  • Para enseñar y aprender imaginando nuevos modos de hacerlo
  • Para incorporar nuevos contenidos o resignificar los dados de forma original
  • Para pensar otros marcos institucionales débilmente regulados: las plazas, las propias escuelas, los clubes, los barrios
  • Para pensar otras formas horizontales de valoración y circulación de los saberes que portan los sujetos.
Yo veo en estos trabajos un intento de DESCOLONIALIZAR lo definido tradicionalmente como pedagógico, otra mirada sobre las actividades, las afectividades, las memorias, las historias, los cuerpos, la alteridad.
Puedo leer en estas experiencias prácticas de encuentro y reconocimiento mutuo y con los otros.
Veo en estas experiencias nuevas formas de pensar la transmisión, de legar nuevos futuros a las generaciones más jóvenes, un interés renovado por la promoción cultural y ciudadana de los sujetos, acciones educativas que enlazan instituciones en redes.
Veo en estas experiencias un intento renovado por recuperar la educación común.

 La Plata, diciembre de 2010.





Fronteras

Naci del lado blanco del mundo. Familia bien constituida: obrera y trabajadora. Asumí los mandatos de hija: buena alumna, adaptada, cariñosa. Me casé, trabajé, tuve un hijo. Fui heterosexual por compulsión, igual que cristiana: nunca me permitieron la duda.
Nunca sentí en mi espalda la sanción infame de la diferencia, a duras penas los rasgos clasistas y tilingos que nos ataca a la clase media. Si sentí hambre lo elegí, si tuve frio fue por propia desaprensión. Nunca me faltó un techo y el dulce abandono del cobijo. Siempre tuve “seguridad”.
Nací del lado “correcto” de la línea. Línea que aprendí a correr a fuerza de comprensión, reflexión peleas internas y estudio, pero nunca es suficiente para pararme del otro lado.
No puedo. No puedo sentir desde la carne el desasosiego de la pobreza, el dedo acusatorio de racismo, el miedo al desamparo vital. Sencillamente porque no nací allí.
Pero puedo hablar, puedo luchar, puedo señalar. Puedo acusar a los señores que nacidos de este lado, impunemente atacan, reprimen, abandonan o simplemente olvidan. Figuras de lo abyecto.
Podemos todos: es la responsabilidad que nos corresponde a los que en el arbitrario e injusto reparto del mundo, nos toco el lado blanco.